Nuestro

         El viento movía tanto mi vestido favorito, como mi cabello, también jugaba con mis pensamientos y mis dudas, mis miedos y mis alegrías, movía todo lo que en mi mente residía, a excepción de una sola cosa. Mis dedos rozaban con las flores y con las hojitas de las plantas que había en aquella colina, aquella que era nuestra. Sentía que a cada paso que daba estaba más cerca de él, de mi él. Dejé mi bolso a un lado y me acosté al lado de ese árbol nuestro. Las flores hacían que el paisaje pareciese uno de fotografía. 

         El día – según yo – era hermoso, el sol brillaba y las nubes parecían algodones gigantes, les busqué miles de formas, imaginé miles de historias, pensé en futuras posibilidades… y todas lo incluían a él. Me sentía algo tonta imaginando cosas que pudiesen no ser, también algo ilusionada y esperanzada, porque en el fondo sentía que él llegaría a mí como tanto lo había querido. Era una tonta ilusionada y con esperanzas.

         Allí estaba, en la colina que una vez fue nuestra, en el árbol que una vez fue nuestro, esperándole con un amor tan intenso que era nuestro y con los ojos en un futuro que posiblemente lo sea.

         Oscurecía ya, tomé mi bolso y me puse de pie, caminé colina abajo pensando en porqué insistía tanto en esperarle si él no hacía nada para volver. La impotencia me hizo llevarme las manos a la cara y calmar las tantas lágrimas que deseaban decorar mi rostro. Sentí de pronto un abrazo y aunque no le veía sabía que era por quién tanto esperaba. “Lamento irme”, dijo mientras besaba mi frente, “Nunca te fuiste”, le respondí. Tomé su mano y me perdí en el verde que reinaba en sus ojos, sé que él se perdía en el marrón de los míos, y sin decir una sola palabra más nos dijimos “te amo” como sólo nosotros sabíamos hacerlo: con la mirada.

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