Jueves


El bar estaba como de costumbre, gris, con música moderna que era tan igual toda, con personas diferentes pero que hacen todas lo mismo, tontear, beber e intentar irse con alguien a casa. Era tan, vacío, humano. El alcohol es sin duda un líquido que se adapta a tus necesidades: impulsar acciones, aparentar, lucirte, divertirte, olvidar. Todas ellas vacías, y, aun así, yo formaba parte de aquel grupo dependiente. Yo quería olvidarme de algo por unos instantes, pero seguía yendo solo, lo cual me hacía sentir miserable y más triste. Algunas risas llegaron hasta mi oído, un grupo de personas se había puesto de pie y comenzaba a bailar. Idiotas, pensé, pero en el fondo sentía envidia de la poca importancia que le daban a lo demás. Había logrado olvidarme por un segundo de todo gracias a que la diversión que opacaba todo lo que yo estaba siendo. Estaba bloqueando mi vacío y tristeza sintiéndome más vacío y más triste, pero por otra cosa ¿no es algo gracioso? Cuando decidí irme de aquel lugar ya rozaban las dos de la mañana. La brisa fría me chocaba en la calle como si me estuviese diciendo algo, algo que no podía entender. Alcé la mirada y los altos edificios me hacían sentir diminuto, las pocas estrellas que acompañaban a la luna me hacían sentirlo aún más. Qué pequeños somos ante todo lo que nos rodea, lo material, lo puro, lo eterno y lo efímero, somos tan pequeños que pensarlo me dibujó una sonrisa en el rostro. Caminaba rápido, con ambas manos en los bolsillos de mi chaqueta, con la mirada perdida en las luces rojas de la parte trasera de los autos, que mientras más se alejaban más parecían un destello de la noche misma. La noche estaba llena de luces.

Elena estaba, como siempre a esa hora, dormida dándole la cara a la mesita de noche a la izquierda de la cama, sus curvas se marcaban con la delgada sábana que la cubría. Su castaño cabello que caía sobre la almohada que solía ser la mía, pero que tomó como suya, ¿cómo decirle que no? Sonreía de nuevo. Ella hasta dormida lograba lo mismo que quería del alcohol. Me hacía olvidar. Ya era viernes, le di una última mirada a la luna y me acosté junto a la mujer que había decidido pasar su vida conmigo. Se sentía irreal, yo me sentía poco a su lado, y al mismo tiempo tan suficiente, tan capaz.

Ella murió un día jueves. Quizás de los días que más feliz he estado, recuerdo que había comprado flores por primera vez, no le gustaba mucho lo común, así que, en lugar de rosas, le compre geranios. Ambos teníamos días muy ocupados, por lo que habíamos pactado sorprendernos una vez a la semana. Habíamos fallado por tanto tiempo… pero esta vez no fue así. Pasé a recogerla para cenar, iríamos al lindo restaurante al cual había querido llevarla desde hace tiempo, se veía hermosa hundiendo un poco su nariz entre las flores, sus ojos color miel me veían como siempre quería verlos. Hermosa, tocada por la tenue luz de la noche, la luna estaba sobre nosotros y antes de encender el auto la besé lentamente y acariciando suavemente su mejilla. Mientras conducía sentía su mirada suave sobre mí, y al verla, sonreía. Su sonrisa será algo que nunca olvidaría, tengo en mi mente la belleza de sus rosados labios gruesos, aquellos imperfectos, un poco torcidos y blanquísimos dientes suyos de los cuales ella sentía un poco de pena, no sé aun porqué, si eran tan hermosos así. “¿Sucede algo?” le dije mientras reía y volvía mi vista al frente. “Me encantas, sólo eso.”. Volvía a verla, y ella luego de sonreír como una pequeña niña se enderezaba en el asiento. Me hacía sentir volar. Fue un tiempo precioso y hubiese dado cualquier cosa por mantenerla conmigo un poco más. Durante la cena no hablamos de cosas laborales, eso fue una regla nuestra. Era nuestra noche, hablamos de nuestro amor, de la vida, le comenté lo hermosa que se veía vestida de celeste, lo mucho que quería acariciar su cabello, lo mucho que moría por besarla y de tantas cosas que me habían hecho pensarla durante el día. Ella iluminó mi noche con sus frases hermosas, su suave voz me tocaba como lo hacía el viento, era como si pudiera acariciarme, y mientras ella se concentraba en lo común de sacar palabras de su mente, yo me sentía como una red que atrapaba maravillas. Luci, mi Luci. Quizás bebimos de más esa noche, ella sostenía mi mano y para mí lo fue todo. Cuánto la amaba, quizás la amo todavía. Mujeres como Luci no se van, nunca se van. En el auto reíamos, hablábamos y reíamos más. Luego todo está negro. Negro. Negro. En mi mente no hay más de allí. Al abrir los ojos me cegaba la luz de aquel hospital. Desperté solo, ella no sobrevivió. Y fui yo, no pude salvarla, no pude mantenerla a mi lado. Yo maté a Luci. No tuve ni el valor de ir al funeral, solo me encerré en mi habitación, me hundí en el alcohol y éste me arrastraba con ella a aquella noche feliz. Necesitaba más, pero no quería olvidar, no del todo. Regresar al trabajo fue más difícil de lo que había pensado, el volver a sostener un arma, usar uniforme, el cargo que tenía…me sentía hipócrita, yo era un asesino. Aun pienso en eso, pero veo al frente y siento que ella sonríe, que me impulsa.

Elena llegó a mi vida a dos años de eso, me pintó la vida de colores, me rearmó y se convirtió en un pilar. Supo entrar por cada poro de mí, supo quedarse, ella lo supo todo. Le entregué toda mi vida, aunque los jueves siguen doliendo. Jueves…eran para mí esos días, eran para honrarla, para pedir perdón. Por eso bebía solo, porque cada vez volvía a ella. Elena se movió en la cama, sacándome de mis pensamientos, pasando su mano por mi pecho hasta detenerse y presionarse más hacía mí. Te amo, le susurré, mientras giraba hacia ella y la abrazaba también, perdiéndose mi mano a lo largo de su espalda. Sentía su suave respiración frente a mí. Era una mujer divina, estar con ella se sentía como un amanecer. Era mi viernes.

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