Lux.

         Seguía con mi dedo los limitados puntos en su piel, esas pequeñas marcas que como estrellas iluminaban su noche; su noche y mi mirada. Con anhelo buscaba su mano para sujetarla quizás por siempre, quizás por lo que quedaba de esa brillante madrugada. La luna brillaba con espléndida belleza, aunque la belleza estuviese ante mis ojos y no a través de la ventana en ese instante. Buscaba despertarle, pero a la vez deseaba poder seguir admirándole en silencio, entre la noche y mi sonrisa, entre nuestra historia y mi amor.

         Hacia frío pero su cercanía me hacía sentir cálida, segura y amada. Mi corazón se sentía mejor que nunca, mi alma me pedía a gritos que lo guardara sólo para mi, que lo viera cada noche como lo estaba haciendo ya, que lo amara un poco más, que atesorara su amor; mi alma ciega no se daba cuenta de que ya lo hacía, de que ya lo amaba, de que su amor era mi fortuna. 

         Le veía como si pudiese en cualquier instante entrar en su mente, como si pudiese saber qué siente, saber si ama tan intensamente como yo, si estaba yo tatuada en su alma como él lo estaba en la mía; lo veía, buscando una respuesta, quizás buscando una pregunta, lo veía con las ganas de desarmar por completo nuestros sentimientos y unirlos de nuevo poco a poco, tardándome toda una vida en ello. 

         Se movió, yo seguía acariciando su espalda, casi sin realmente tocarle, él sonreía y me hacía sonreír, como cada día, como cada instante.

         

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