Asfixia
El sol brillaba
con tal intensidad que hacía que mi espíritu se sintiese opaco. El día estaba
hermoso, las nubes parecían inmensos trozos de algodón, la suave brisa que
movía mi cabello traía consigo el perfume de muchas personas, entre tantos,
traía el que él solía usar. Era una mañana preciosa, tan preciosa que me hacía
pensar en lo triste que me sentía. Mis ojos destellaban melancolía, tanta que
intente disimularla con maquillaje, aunque, al verme en el reflejo de un vidrio
me di cuenta de que había fallado, sonreía pero no por el motivo por el que de
verdad quería hacerlo. El café que me bebía en ese instante estaba amargo, tan
amargo como el sabor que me dejaba su ausencia. A diferencia del café, el
pastel estaba muy dulce, tan dulce como su mirada y sus caricias. Una suave
melodía resonaba en el lugar en el que estaba, quizás tonto, pero las dulces
tonadas me recordaban al bonito sonido de su voz cuando me hablaba.
Pensaba y
pensaba, y mientras más lo hacía, de más tristeza se inundaba mi corazón…
Llovía, tanto
que no me importó perderme entre la oleada de gotas que me enfriaban hasta los
huesos; pero eso quería, quería volverme de hielo y no sentir tantas emociones
que me consumían por no tenerle a mi lado. Estaba totalmente empapada cuando
sin querer (lo juro) pasé por el edificio en donde vivía, conteniéndome de las
ganas de correr y fundirme en su pecho mientras lo abrazaba; moría en serio de
ganas de hacerlo, pero decidí abrazarme a mí misma, secar inútilmente las
lágrimas que velozmente se deslizaban por mis mejillas, deseando que el nudo en
mi garganta se esfumara, al igual que este sentimiento que me estaba
asfixiando. Luego de respirar profundamente y de darle un vistazo al lugar
donde podría encontrarle, camine con la tristeza como una nube gris sobre mi
mente y mi alma, mientras me perdía en la noche oscura y en la lluvia que por
muy fría que estuviese, no ahogaba la melancolía que había dejado él conmigo
cuando nos dijimos adiós.
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